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Diario Clarín

5 de abril de 2002

Sociedad

Restauran el órgano y los vitrales de la iglesia Santa Felicitas

Acaba de terminar la primera etapa del plan de recuperación del templo. Fue construido por la familia de una joven de la alta sociedad que fue asesinada por un amante despechado en 1872.

Dicen que al tocar las rejas del atrio de Santa Felicitas se recupera el amor perdido. Dicen, algunos vecinos de Barracas, que el fantasma de Felicitas Guerrero flamea cada tanto por las torres. La joven, asesinada en 1872 por un pretendiente despechado, tuvo una iglesia acorde con la fama de su belleza. Pero las décadas y la falta de mantenimiento hicieron estragos. Su costosa restauración ya está en marcha: numerosos vitrales están como nuevos, y el órgano volverá a sonar mañana, cuando se cumplen cien años de la muerte de Ernesto Bunge, el arquitecto que construyó el templo.

Mosaicos españoles. Vitrales franceses. Altares de mampostería policromada. Arañas con caireles de cristal. Un órgano alemán de 783 tubos, similar al de la Catedral Metropolitana. Un reloj inglés con carillón. Carlos Guerrero y su esposa, Felicitas Cueto, escogieron materiales de lujo para la iglesia en memoria de la mayor de sus once hijos. Y contrataron a uno de los mejores arquitectos de la época.

El terreno era entonces un huerto de naranjos, parte de una estancia de 70.000 hectáreas que Felicitas había heredado al morir su esposo, Martín de Alzaga. Ubicaron el templo delante de la capilla familiar, de 1830, ahora convertida en sacristía y con impiadosas grietas. El palacio quedó a unos cien metros, en la actual plaza Colombia (Montes de Oca y Pinzón).

Formado en Alemania, Bunge combinó el neorrománico y el neogótico, con elementos germánicos. Por idea de los Guerrero, muchos de los vitrales de la nave y del crucero representan a santos cuyos nombres llevaban los miembros de la familia. Habían sido demasiadas muertes en poco tiempo: los dos hijos de Felicitas, luego su esposo, finalmente ella (ver ......). Sus padres los evocaron con estatuas de mármol, a la entrada del templo.

En la iglesia que recuerda a "la mujer más hermosa de toda la República" —según el poeta Carlos Guido Spano— se respira un sutil toque femenino. Parecen vestales las dos imágenes colocadas en las hornacinas, cerca de las estatuas. Y el padre Dante Galeazzi compara con "matronas romanas" a los ángeles femeninos que asoman sus cornetas en el crucero.

En 1981, la familia Guerrero donó Santa Felicitas a la ciudad de Buenos Aires. En los ''90, los arreglos en las torres hicieron colapsar al órgano. "Por los vidrios rotos entraron agua, viento y bichos", cuenta Carlos Amadini quien, con su hijo Hernán, Juan Weinhold y otros colaboradores, se hicieron cargo de la titánica puesta en condiciones y de la afinación.

Los tubos tenían una capa de polvo de dos centímetros. El marfil se había despegado de la mayoría de las teclas. Amadini supone que alguno de los casi veinte gatos que ahora se asolean en el atrio debe de haber roto las delicadas varetas de abeto.

Los vitrales, en cambio, se deterioraron solos. Para restaurar los del flanco derecho, Félix Bunge tuvo que llevarlos al taller, reemplazar las varillas de plomo y los vidrios rotos, y hacer una profunda limpieza de polvo, hollín, moho y hongos.

"Seguiremos con el resto de los vitrales, la reparación de los techos y la pintura —anticipa la directora general de Patrimonio, Nani Arias Incollá—. Es una de las pocas iglesias de Buenos Aires totalmente cubierta de pinturas murales". "Se requiere un plan integral de manejo del edificio: es la única iglesia que pertenece al Gobierno de la Ciudad", apunta la subsecretaria de Patrimonio Cultural, Silvia Fajre.

Mañana a las 18, tras la misa del padre Galeazzi, la iglesia contará con un busto del arquitecto Ernesto Bunge. Quizás el fantasma de Felicitas aparezca por Isabel La Católica al 500 para escuchar el órgano, y acaricie los vitrales recién reparados.

Publicación: 5 de abril de 2002

Fuente: clarin.com

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